稲荷の物語

Inari no Monogatari es una serie de cuentos que relata la historia de una joven llamada Inari quien hace alusión a la deidad del mismo nombre. Y odia las palomas.

La del bus

- Diga una metáfora sin pensarlo mucho.

- Pero no se puede!

- Porqué no?

- Porque ocupo pensar el elemento comparativo y eliminarlo..

- Bueno bueno, diga una sin pensarlo mucho.

- Mi vida es como el bus de las mañanas.

- Ahora explique la comparación improvisada.

- Para ir al colegio me bajaba como a las cinco o seis paradas de mi casa y llegaba enfermizamente temprano. Para ir a la U me levanto como media hora más tarde y avanzo un par de paradas más. Y si termino trabajando en donde creo que terminaré eso son unas tres paradas y media hora de más.

- Ya la tenía planeada verdad?

- Más o menos, venía pensándolo en el bus de la mañana.

Era una muchacha poco usual de mirada tímida y cabellos largos. Y no le dirigía la mirada cuando hablaba, le resultaba imposible. A Inari no le interesaba mucho, escuchar las divagaciones de su amiga de la parada le agradaba.

Ella tenía un año menos que Inari pero en apariencia tenían como cinco de diferencia. Siempre con un audífono puesto (aunque cuando hablaba no escuchaba nada, pero no se lo quitaba) y la mirada fija en un punto cercano a su interlocutor pero siempre asintotico a éste. Y si no le hablaban el vacío era su lugar favorito (y no, ella nunca iniciaría la conversación). Y si uno nunca le preguntaba el nombre ella no lo diría ni lo preguntaría de vuelta, nunca le importaron.

- Tengo sueño.

- A esta hora!? Son las seis y media de la tarde!

- Gracias pero saber la hora no me quita el sueño.

- Debería.

- Por?

- No sé, tal vez como que entra en razón o algo y su cabeza le dice que está mal tener sueño a esta hora. O cuando llegue a su casa o algo.

- Eso no lo sabré si no hasta que sean las once, pero no me gustaría perder el sueño a esa hora.

Siempre terminaban con una frase en el aire, y siempre era su bus el que llegaba de primero. Sus conversaciones no tenían mucho sentido pero le agradaban, eran distintas de aquellas que tenÌa con cualquier otro mortal. Y con aquella anónima chiquilla Inari volvía al vacío, a olvidarse de la existencia de sus deudas, enredos y conocidos. Porque en la parada ellas no conocían el mundo, no les interesaba. Porque desconectarse de la sociedad por veinte minutos al dÌa no les parecía mal, por eso Inari procuraba siempre estar en esa parada a las seis de la tarde y no en otra. Tomaría un bus cualquiera y se bajaría a la primera parada si andaba sin rumbo, o simplemente esperaría ahí, pero sus ratos de escape no los cambiaba por nada.

- Quiero irme lejos.

- Para qué?

- Porque aquí es aburrido.

- Ni tanto. Irse lejos no es tan fácil y lindo tampoco.

- Porqué lo dice?

- Porque siete buses no es nada comparado a la distancia entre mi origen y aquí.

- Wow. Eso es demasiado.

El bus blanco venÌa llegando, ya era hora de su despedida. Pero esta era distinta.

- Disculpe muchacha, como se llama usted?

Inari la volvió a ver incrédula. En los meses que llevaban esperando en esa parada nunca le había preguntado el nombre, ella no hacía eso. DebÌa tener una razón, estaba segura, pero eso iba después. No suena ni lindo ni coherente responder “porque?” cuando le piden a uno el nombre.

- Eh, Inari.

Seguía confundida. No siguió la frase con una pregunta ni nada, no le daría tiempo. El bus ya se había detenido y la muchacha se preparaba para irse.

- Muchas gracias Inari. En serio, gracias.

Y se fue sin que Inari dijera palabra alguna, parecía ya haber adivinado el motivo. Y ya cuando el bus se había movido por lo menos doscientos metros Inari reaccionó, casi suspirándole al viento con la mano izquierda y el estómago hechos un nudo.

- Adiós.

Y en efecto había adivinado, al día siguiente ella no estaba. Ni el que seguía ni la otra semana. Adiós Escape.

Unos años después le llegó una petición, uno de esos deseos malditos que le tocaba resolver. Eliminar a alguien, ok. De los pedidos que más había llegado a odiar. No podía evitar preguntarse los motivos, darles mil vueltas por la cabeza. Porque ella tenía entendido que dar su propia vida como garantía para eliminar una vida ajena debía tener una razón de peso. Inari no pudo ni inventar teorías cuando vio los tímidos ojos verdes de su próximo objetivo. Su cerebro fue incapaz de pensar en algo, nada mas tenía la mano izquierda y el corazón hechos un puño. Y por más que le doliera, por fin supo su nombre.

01.02.12

La Dama del Alba

  La muerte comprendió la misión que la traía a la casa, estaba realizada. Luego de estar la mayor parte de la novela entendiendo la situación, por fin lo comprendió. Y fue feliz. Y en ese mundo paralelo a la historia, en ese sillón viejo con olor a pizza, Inari encontró la respuesta a la pregunta que se estuvo haciendo durante meses.

- ¿Inari, que lee?

- La dama del alba.

- Ni idea.

- Es de un español.

- ¿Y eso, leyendo novelas viejas?

- No sé. Como que el destino me dijo que tenía que comprarlo.

- Eso no tiene mucho sentido. Bueno no importa, voy a salir.

- Ok

  Inari ignoró la salida de su amiga, su reciente descubrimiento le fue más importante. Cerró el libro, se levantó bruscamente y fue a su cuarto. Había algo que tenía que hacer antes de continuar con el cuarto acto.

Su sangre no manchó el río, ya estaba bastante contaminado como para que otra sustancia afectara su color. Ella nunca los desechaba en el río, pero éste era un caso especial. Era la única persona en el mundo que no querría ver en las noticias después, sería el único reportaje de cuerpo encontrado que no le daría satisfacción oír. Medio enjuagó su espada en las aguas del río contaminado mientras caminaba sin expresión alguna, con la cabeza en alto y la sweater negra escondiendo sus anaranjados cabellos.

Inari vació el baúl en su cama. Había una grulla en particular que quería encontrar, una de las miles que había doblado. Porque cada una de esas representaba una historia, una historia de tragedia para varios pero para ella solo una misión. Quería encontrar esa distinta, esa que no había sido sólo un encargo.

Ellos estaban sentados en una mesa en aquel café. El pidió un expreso, ella un té. A ella no le gustaba el café, le parecía demasiado amargo. El la notaba extraña, no sonreía. En todo el rato que llevaban ahí ella era cortante y no le dirigía la mirada, era incapaz. Ella era una excelente actriz y con los años había llegado a dominar el arte de suprimir las emociones, pero esta vez no pudo. Con una lágrima en el alma se levantó de aquel taburete viejo sin verlo a la cara y pronunció un amargo “adiós.” No era la última vez que lo vería, pero prácticamente lo era.

Sobre su cama habían centenares de ellas. Todas de diferentes colores, diferentes texturas, diferentes tamaños. Unas minuciosamente dobladas y otras hechas para salir del paso, para tenerlas anotadas. Ninguna podía ser igual a la otra porque ninguna historia era idéntica, nunca lo serían. Y ella las conservaba como trofeos, como recuerdos de esa vida que ya no tenía y que nunca volvería a tener. Algunas las tenía de simple registro, otras las repudiaba y otras las atesoraba. Y entre tantas buscó aquella que más la atormentaba, esa que atesoró pero repudió como ninguna.

La semana antes hablaban en el parque como llevaban rato haciendo. Nunca eran infelices, eso no existía entre ellos. Siempre había una historia interesante, una mentira alucinante o una estupidez divertida que los mantenía con ganas de seguirse dirigiendo la palabra. Y el recuerdo de esas conversaciones siempre le sacaba una sonrisa, siempre. Esa tarde se despidieron más temprano de lo habitual, ella tenía que recibir las instrucciones de un encargo.

Una grulla de papel rojo perfectamente doblada yacía dormida debajo del montón. Rojo como las llamas de una hoguera enorme, como el brillo de una estrella a galaxias de distancia. Ella sonrió mientras una lágrima bajaba lentamente por su rostro. El recuerdo de esas conversaciones siempre le sacaba una sonrisa, siempre. Tomó la grulla cuidadosamente y la besó para luego ir a buscar otro objeto en su mesa de noche.

Había llegado al lugar acordado, sus mensajeros siempre le daban el sobre en el mismo lugar. Prefería el objetivo escrito a mano en un papel y sellado en un sobre que enviado por mensaje o correo, le era más bonito. Adornaba un poco su trabajo. Ya antes le habían pedido el favor y especificado el pago, un pago que le fue imposible rechazar. Y ahora vería el sobre, uno de tantos sobres con ese sello característico suyo, con los caracteres japoneses de “diosa” grabados con la mas fina de las tintas. Lo abrió cautelosamente, cada uno representaba un deseo ajeno que merecía cuidado. No terminó de leer la primera palabra cuando ya el sobre estaba en el suelo, y en su cara una profunda expresión de horror e incredulidad, destilada en la más amarga de las tristezas.

Inari abrió una de las ventanas del apartamento. La preciosa vista de esta solo era un muro y unas plantas muertas olvidadas por el vecino. Tomó la grulla con el mismo cuidado con el que solía abrir los sobres y la puso en el marco. Acercó sus labios y la besó, besó aquel recuerdo que tanto adoró y sacó el encendedor de su bolsillo. Y prendiéndole fuego la dejó caer en ese planché abandonado, la dejó volar en el olvido. Ahora volvería al sillón a leer el cuarto acto.

La noche del sobre no había podido dormir. No contestó ni uno de sus mensajes y no le devolvió ni una llamada. Por primera vez se cuestionó ese trabajo, esa misión que le había impuesto el destino. Inari era la dama del alba, ambas cumplían una nefasta misión en el mundo. Y por más que se engañaran a ratos, ninguna era capaz de suprimir completamente sus emociones al realizarlas.

10.03.11

Hanabi

Ellos no vieron los fuegos artificiales, o no recuerdan haberlos visto. No vieron el jolgorio que los rodeaba, la gente típica de esos lugares que compraba ron en cantidades industriales por las promociones de fin de año, no les importó. Tal vez se abrazaron entre ellos, se pusieron a saltar con extraños o rodaron en la fría arena blanca impregnada de vómito ajeno y tal vez propio, pero eso no lo recuerdan. Ese treinta y uno de diciembre para ellos solo existe en los calendarios, para unos fue inevitable olvidarlo y otros se esforzaron en ello. Pero después de varios años, no todos los que reían aquella noche se esfuerzan en dejar de recordar.

Esa muchacha de cabellos naranjas estaba sentada en la arena con sus ojos fijos al cielo. Su mano derecha ocupada por una botella de vodka y su mano izquierda en el suelo, sosteniendo un cuerpo que ya no podía sostenerse por si solo. La gente que estaba a su alrededor no era la misma de hace unas horas, y ella solo se concentraba en el cielo y se reía. El cosmos parecía causarle gracia.

El estaba acostado y el vodka no estaba en una botella si no regado en toda su camisa. La observaba fijamente mientras dejaba fluir esas palabras que siempre mantuvo embotelladas. No le quitaba los ojos de encima mientras dejaba escapar toda esa cólera, todos esos sentimientos malditos que el hubiera deseado que no existiesen. Pero que le quedaba, su cuerpo aún no estaba tan acostumbrado al alcohol etílico y no hacía falta una gran cantidad para desconectar su cerebro de sus sentidos.

Ella no ponía mucha atención a sus palabras. El cielo le parecía diez mil veces más interesante y menos hiriente que la verborrea de su amigo. Siempre soñó con un momento lindo en la playa, olvidarse de todo por un momento y tal vez perder el control. Y la noche se prestaba para ello, solo eran muchachos como de dieciséis o diecisiete en una estúpida travesura que lo único que les dejaría sería una regañada y una resaca insoportable de primero de enero. Y tal vez, sólo tal vez el amargo recuerdo de no ser el objeto directo en aquellas incoherentes oraciones de aquel joven afligido. Pero eventualmente tuvo que ponerle atención.

- Inarin, usted no entiende.
- ¿Inarin? ¿Que le pasa?
- Lo oí en un anime. Aveces agregan -rin a los nombres.
- Ah ya. Que estupidez.
- Estupidez esto, estúpido yo.
- Tiene razón, toda la razón.
- ¿Porqué tan indiferente, Inarin?
- Porque es un caso perdido. Usted no es él, él no es usted y por más que quiera usted está aquí tirado en el piso y no allá con ella.
- ¿Ah que? No entendí.
- Olvídelo.

Ella dejó escapar un amargo suspiro y con él una pequeña lágrima que mantuvo oculta y siempre lo hará. Hacía falta más vodka para dejar escapar las palabras que acompañan esa lágrima, pero ya no tenía ganas de beber. No quería seguir tomando, no quería seguirlo oyendo, no quería ver a esa molesta pareja sentada frente al fuego de la cual hablaba su amigo. Solo quería ver los fuegos artificiales, tener una excusa para correr libremente por la arena y el mar, luchar contra la falta de equilibro que tenía y solo correr. Ya sabía que su momento no llegaría esa noche, solo quería que pasara o encontrar una excusa válida para celebrar.

El eventualmente notó la tristeza en su amiga. Todavía conservaba algo de cordura, había bastante alcohol en sus venas pero no tanto. Comprendió que debía parar de hablar, dejar de anhelar algo que nunca sería suyo, algo que no fue suyo por un simple error del destino o porque simplemente no estaba destinado a ser.

Ella siguió viendo las estrellas pero ya el cosmos no le causaba gracia. Estaba harta, aburrida, obstinada. Y tomó el final de esas molestas palabras como su excusa para celebrar. Con un largo y profundo trago de vodka logró luchar contra la gravedad y su cabeza y se logró poner de pie. Ella se balanceaba sin ritmo alguno de un lado a otro, su cabeza se mecía y las estrellas en sus ojos giraban y giraban. No podía parar de reír. Y en un acto de valentía y estupidez tomó otro trago largo y aprovechó su falta de balance para caer sobre él y robarle el beso que nunca le pertenecería naturalmente, ser el objeto directo de sus oraciones al menos una vez. No iría a más, pero no importaba, eventualmente lo consideraría. Por una vez en la vida no le importó ser segunda, punto para el vodka. Feliz año nuevo.

- Yo de usted ahora dejaría de quejarme y si tanto la quiere, vaya.

El la observaba fijamente mientras deseaba haber mantenido sus palabras embotelladas. Sus ojos tenían un brillo distinto bajo la luz de los fuegos artificiales. Los gritos de celebración de las personas eran meramente sonidos de ambiente y ya la fogata se había apagado. Logró sentarse y le arrebató a Inari la botella de su mano derecha para tomar el primer trago del año, el primer trago amargo que lo motivaría a olvidar los contratiempos del año pasado y aquella noche. Y con una insípida risa se atrevió a romper el incómodo silencio.

- Que importa. Feliz año nuevo, Inarin.

06.05.11

El Hablador

Basado en la novela El Hablador del escritor Mario Vargas Llosa

Con este cuento logré ganar un viaje a España *anuncio innecesario, pero feliz para mi*

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Ella dejó de otear por un segundo. Dejó de mirar el mundo desde el cielo por un segundo y se concentró en su compañero de asiento. Por un solo segundo a la joven de cabellos naranjas le pareció más interesante el hombre que se sentaba a su lado que ver el mundo desde arriba. Y ese segundo fue suficiente.

Ella siempre fue muy curiosa. Inari era una ebria en una perpetua resaca con su sed insoportable de conocimiento. Amaba leer o escuchar sobre cosas nuevas y no le importaba estresar extraños y aquel anciano no se salvaría de su infantil curiosidad. Ella aspiraba a ser el Sócrates de los tiempos modernos.

- Disculpe, ¿puedo saber su nombre?

- ¿Ah?

 - Por alguna razón usted me pareció alguien interesante, alguien diferente a toda esta gente que finge leer libros de negocios que se sientan aquí.

- ¿Como sabe que no soy uno de esos?

- No sé. Podría llamarlo instinto. Usted tiene un aura distinta a la de esta gente. ¿Adiviné?

- No falló. Mi nombre es Saúl Zuratas. ¿El suyo?

- Akira Inari. Akira siendo mi apellido, mucho gusto.

En esa sección del aeroplano aislada por cortinas del resto de la humanidad, aquella sección donde los aristócratas del siglo XXI acostumbraban a viajar, ahí empezó una extraña conversación entre ambos pelirrojos. Distintivos tanto en el color de su pelo como con su apariencia descuidada, Inari y ese hombre eran como una fogata encendida en medio de un bosque silencioso y gris.

Aquel hombre buscaba ocultar su sonrisa para no crearle una impresión errónea a la joven. Llevaba años sin dejar Perú y de aparentar normalidad. Sus setenta y cinco años se le marcaban bastante en su lunar y sus pecas se combinaban con arrugas. Pero había algo en esa muchacha de la tierra del sol naciente que lo hacía recordar sus tiempos universitarios, aquellos tiempos en los que aún no había abandonado la sociedad.

- ¿Y que característica en particular le hizo pensar que soy diferente? ¿Es el lunar, cierto?

- No, no es el lunar. Es por su aura, es más mística, diferente. ¿Me entiende?

- Creo que alguien normal la creería loca, pero usted no ha dicho nada errado en todo este tiempo. ¿Alguna otra especulación que quiera hacer?

- No sé. Usted me recuerda a una fotografía de Gabriele Malfatti que encontré una vez en internet. Eran varios hombres y mujeres indígenas, machiguengas si no me equivoco, sentados en círculo, observando a una silueta humana en el medio del círculo, la cual parecía contar una historia. Usted me recuerda a esa silueta.

Inari rió suavemente mientras el anciano la observaba perplejo. Antes de aislarse de la sofocante sociedad actual nadie nunca le había mencionado el nombre de esa tribu. Antes de abandonar a las personas a las que tanto hartó con sus historias de la tribu, antes de dejar de lado cualquier utilidad que su título pudiese tener. No comprendía porqué esa joven podía adivinar tanto de él y temía que pudiese leerlo como un libro. Solo deseaba que fuera un libro como el Quijote y no como los “Cuentos de mi tía Panchita”.

- Usted tiene un don señorita. Verdaderamente un don.

- ¿Entonces usted si es un hablador?

- Podría decirse. He vivido con ellos gran parte de mi vida.

- Siento que lo he molestado mucho pero, ¿podría contarme una historia? Las historias de culturas antiguas me parecen fascinantes.

- Yo nunca me molesto tranquila. Más bien, gracias.

- ¿Porqué me agradece?

- Me siento como en mi época universitaria. Yo solía tener un amigo quien siempre escuchaba mis historias de ellos. Aveces se cansaba pero siempre se veía interesado o trataba de hacerme enojar. Ahora es un escritor famoso pero eso es otra historia. En fin…

El hombre lentamente transportaba a Inari a una selva lejana a través de sus palabras. El seco aire acondicionado del avión comenzaba a sentirse húmedo y pesado y los asientos azules llenos de personas dormidas se tornaban verdes como las hojas de los árboles. Cada palabra que ese hombre pronunciaba era una pincelada más en el universo que se dibujaba en la cabeza de Inari. Y en aquel universo siempre era de día.

Cada paso que ella daba era un calvario. No tenía fuerzas para llevar a cabo sus ilusiones y no existía ningún punto alto en la montaña donde refugiarse, aquella montaña no era suya. Ni siquiera tenía a la luna a quien observar perdidamente y descifrar sus historias. En aquella selva amazónica, aquel zorro rojo con alma de mujer estaba condenado a vagar sin rumbo por una tierra bañada por el sol.

Distinto a los aguará guazú que podrían rondar en el continente, aquel zorro rojo extranjero caminaba desorientado por una jungla que nunca sería suya. Ella caminaba por días y días esperando ansiosamente una noche, soñando con poder tapar aquella molesta esfera de calor y vida al menos unos minutos.

- ¿Entonces él transcribió sus historias?

- No solo eso, las hizo hermosas. Es como si él hubiese tomado mis palabras, las hubiese tirado a la basura y las hubiera reconstruido. El escribió algo poético, algo hermoso, pero conserva la esencia de mis palabras. Habría deseado encontrar su libro antes.

- Al menos lo encontró, supongo eso está bien. ¿Como se llama el libro?

- El Hablador.

Entonces su corazón se llenó de una ligera esperanza. Mientras caminaba buscando refugio o un poco de oscuridad para poder dormir, aquel zorro halló a un grupo de personas. Aquellos hombres de ojos grandes y alargados, de piel morena como la yuca que abundaba en esas tierras, esos caminantes sin camino que parecían sentirse agradecidos por la existencia del sol. Y la figura que los guiaba le pareció más curiosa, a pesar de ser físicamente igual a ellos tenía un aura distinta. Aquel zorro, guiado por su curiosidad, siguió a ese grupo de hombres desconocidos en su travesía por la selva eternamente bañada por el sol.

Ese zorro aprendió a no cansarse y aprendió a no morir. Ella esperaba pacientemente detrás de los enormes arbustos a que los indígenas prepararan la comida y de ahí procedía a robarla. Su instinto de caza la tentaba a buscar presas mayores, ella se hartaba de la yuca machucada y los plátanos que los indígenas comían. Pero otra parte de su ser le insistía que debía quedarse ahí, no debía alejarse de esos humanos. Ella no era del todo animal, su parte humana extrañaba expresarse por medio de palabras. Pero ella sabía que debía esperar, y esperaría a la luna todos los días de su vida si fuese necesario.

- ¿Porqué caminaban aquellos hombres?

- Creían que el sol caía. Pensaban que había tenido una disputa con Kashiri, la luna, y que por ello se debilitaba. Y el sol les daba pureza y los alejaba de la muerte, entonces necesitaban buscarlo.

Para ellos la vida no podía ser siempre próspera, como existían tiempos buenos debían haber tiempos malos. Así lo mencionó José cuando comprendió el mensaje del sueño que tuvo ese faraón egipcio. Para ese pueblo las siete vacas gordas ya habían vivido con el sol, ahora debían vivir la era de las siete vacas flacas.

El zorro los observaba de lejos mientras aquellas personas dejaban atrás sus posesiones. Ella veía a esas personas dejar sus sembradíos y sus casas atrás para seguir marchando. Y en un punto donde los indígenas se apuraban a construir barcas para cruzar un río, ella comprendió el rumbo que seguían. No solo seguían al sol, huían de la luna. Ahí supo que su destino era quedarse con ellos, en algún momento sus fuerzas no les darían para seguir huyendo y la luna llegaría a ellos. Y en el momento que ya no tuvieran fuerzas para seguir, ella recuperaría las suyas.

- ¿Por qué le temían tanto a la luna?

- No querían morir. Bajo el sol la muerte no era la muerte, si no que era un viaje donde había regreso. Era como dormir, la muerte era solamente un sueño y cuando despertaban tenían energías. Bajo las leyes de Kashiri, los espíritus se perdían y no podían realizar el viaje de vuelta, nadie sabía que les esperaba después de la muerte.

Las aguas del Gran Pongo parecían materializar su miedo. Muchas veces, los hombres bronceados se sentaban en círculos a escuchar a aquella figura que se proclamaba a sí misma como Tasurinchi. Ese hombre que los guiaba por rutas sin aparente sentido les contaba historias de unos demonios llamados kamagarinis que servían a un tal Kientibakori. El decía que las aguas eran terreno de éste, por ello se apuraban a construir las barcas. Querían alejarse de esas aguas malditas tan rápido como pudiesen.

Ella temía ser confundida con un kamagarini. En otro hemisferio ella sería bien recibida y la palabra demonio sería lo último que pasaría por la mente de aquellos que la vieran. Pero en esas tierras bañadas por el sol, ella no podía hacer más que observar a los humanos de lejos mientras trataba de borrar aquella nostalgia de su mente. Extrañaba las palabras, extrañaba que de su boca pudiesen salir canciones y no ladridos. Pero como buen zorro decidió cruzar el río nadando, si los indígenas la creerían demonio entonces no se atreverían a tocarla en su supuesto terreno. Luego de cruzar aquellas aguas podría volver a su habitual escondite detrás de los arbustos, pero sería menor la cantidad de indígenas de la que tendría que esconderse.

Tras varios días de andar en el sol, aquel zorro aprendió a dormir de día. El cansancio era insoportable y ya los rayos de luz no podían mantener abiertos sus párpados. Ella no comprendía porqué esos indígenas no dormían, no entendía como podían huirle eternamente a la luna. Pero una noche de truenos y tormenta, ella supo que por fin su amada noche llegaría.

- “Quien verdaderamente necesita ayuda no es el sol. Sino Kashiri, la luna, que es el padre del sol”

- ¿Pero cómo no se dieron cuenta que ese hombre era un kamagarini y no una persona? ¿No se supone que ya ellos sabían bastante?

- Pero se dejaron engañar esa vez, joven Inari. La luna es sinónimo de engaños y demonios, es sinónimo de tinieblas. Aquel hombre llegó con sus cuentos y logró hacer que sus palabras fueran consideradas verdades. Casi los destruyó, estuvo a punto. Pero luego aprendieron que los diablillos siempre vienen en noches de tormenta.

Los hombres, guiados por las palabras de aquel diablillo disfrazado, comenzaron a cambiar su rutina. Ya no cazaban ni sembraban yucas de día. Aquellos indígenas, como el zorro, empezaron a acostumbrar sus ojos al sueño diurno y a ver en la noche como lechuzas. Y en el instante que durmieron de día, el sol desapareció del cielo y fue reemplazado por la luna. Y ese zorro fue feliz.

Conforme pasaban las lunas, esas personas perdían cada vez más su identidad y sus costumbres. Ya no andaban sin rumbo buscando al cegador sol si no que le huían. Ya los rayos solares no representan vida si no molestias que les provocaban ardor en la piel. Y aquel zorro era feliz, porque de noche era capaz de articular palabras. Bajo la luna, aquel zorro tenía voz de mujer.

Una noche ese zorro observó algo poco común. Ese aldeano que fumaba tabaco para alcanzar a los espíritus, ese que hablaba con tigres y traducía su lenguaje en un hueso, empezó a perder su figura humana y convertirse en ese animal al que solía traducir. Ese hombre dejó de pronunciar palabras y solo emitía rugidos. Aquel chamán confundido se vio obligado a abandonar su hogar en las sombras, ahí se topó con ella.

En la mayoría de las historias los humanos siempre hablan un idioma distinto a los animales. Que importa si son maullidos, rugidos o cacareos; en la mayoría de las historias los animales se comprenden entre ellos. Esta no llegaría a ser la excepción. Aquel zorro dejó el lenguaje humano por un momento para entender a ese tigre confundido que recientemente había perdido su humanidad. Tal vez lograba salvarlo, y así lograría salvarse a si misma. Ella estaba convencida de que no nació siendo un zorro rojo de la tierra del sol naciente.

El tigre amazónico se presentó amable ante ella. A pesar de sus poderes sobrenaturales producto del tabaco, el estaba consciente de que su sabiduría no bastaba para comprender la situación de ambos. El tigre le dijo que buscara un hueso con marcas ancestrales tirado en algún lugar cerca de la hoguera y que lo llevara al que se hacía llamar Tasurinchi. Le dijo que ese hombre comprendería su naturaleza no demoniaca al presentarle el hueso. El zorro bajó la cabeza y corrió a buscar el artefacto, sabía que la cantidad de tabaco en las venas de ese chamán lo llevarían pronto a la muerte. A diferencia de los indígenas, ella sabía que luego de llegar al mundo espiritual no morían porque su alma los abandonaba si no que morían de cáncer.

Ella caminó unas cuantas noches sintiéndose “la elegida” en busca de aquel hombre que le devolvería su humanidad. No estaba tan perdida, ella lo había visto antes. Si su memoria no la traicionaba, Tasurinchi había sido aquel que guió a los indígenas en su viaje sin rumbo bajo el sol.

- ¿Tasurinchi también inhalaba demasiado tabaco?

- ¿Por qué lo pregunta?

- Si el chamán era un sabio y obtenía la sabiduría al estar alucinando por culpa del tabaco y reconocía a Tasurinchi como alguien aún más sabio entonces creo que Tasurinchi fumaba más tabaco, o tabaco con alguna otra planta amazónica que lo hiciera enviajarse aún más.

El hombre del avión se quedó en silencio unos minutos. Inari le hizo un ademán indicándole que podía continuar con su historia. El aire acondicionado hacía que sus párpados y los del hombre al que llamaban mascarita se fueran cerrando. El estaba muy viejo y ella simplemente cansada de viajar, haber estado una hora despiertos y saber que faltaban otras cinco no era algo muy reconfortante. Aquel hombre continuó su historia en un tono somnoliento e Inari no le quitó los ojos de encima hasta que ambos cayeron dormidos, en un aeroplano gris lleno de gente que ya fue llevada por Morfeo.

En el subconsciente de Inari, su ánima se hallaba atrapada dentro del cuerpo de un zorro. Pudiendo hablar solo de noche, Inari logró hallar al hombre al que conocían como Tasurinchi y dejó el hueso con las escrituras en el suelo. Este comprendió de inmediato y le pidió que hablara, sabía que no era un kamagarini que robó el alma de un indígena. Aquel sabio encendió un quemador de tabaco, puso una sábana tejida en el piso y le hizo un ademán al zorro para que se sentara.

Tasurinchi le habló de Kientibatori y sus esfuerzos por destruir al pueblo de los machiguengas, le contó que ellos perseguían al sol porque bajo las leyes de Kashiri, la luna, los kamagarinis podían atacar a las almas y quitarles la humanidad a los cuerpos, por eso se convertían en animales. Inari solo asentía con la cabeza, ella sabía que no era ningún demonio y el sabio nunca resolvió su duda con respecto a la desaparición del sol.

Inari bajó su cabeza y se retiró de aquella casa de paja impregnada en tabaco y yuca. Solo le quedaba pedirle a Kashiri, la luna, que le devolviera su humanidad como le devolvió su voz. Y luego de varias noches solo escuchaba su nombre, y la voz que la llamaba se tornaba cada vez más grave y opaca, como la de un anciano. Abrió los ojos lentamente para observar la imagen borrosa de un aeroplano con las luces encendidas y gente tan confundida como ella. Los hombres y mujeres de negocio dejaron su trance inducido por los libros o el sueño y trataron de volver en sí, el avión había llegado a su destino y debían recoger sus cosas. Pero Inari no podía ver la imagen clara todavía, y tampoco dejaba de escuchar su nombre. Los labios del anciano estaban cerrados pero la voz que escuchaba no lograba callarse. Cerró los ojos otra vez y sintió como sus cabellos anaranjados con punta blanca le rozaban la frente y como la voz del anciano se convertía en una voz femenina que conocía demasiado bien. Estaba volviendo a lo mismo, todo había sido un sueño.

- ¡Inari! ¡Inari!

- ¿Ah?

- Deje de dormir y quite su ropa de la ventana. Va a llover y hay demasiadas palomas afuera apuntando felizmente a sus camisas rojas.

- ¿En qué momento volví de Perú?

- Inari, no podemos seguir en ésto. Usted tiene que aprender a diferenciar sus sueños de la realidad.

- Pero…

- Si si, era muy real. Ay Inari, usted no tiene remedio. Acuérdese que ya no tiene que secar la ropa en la ventana porque estamos en invierno, póngala a secar en el pasillo frente al ventilador.

Inari se levantó desorientada de su sillón. Le importaba muy poco el cinismo de su amiga, ella estaba convencida de que algo de su sueño debía ser real. Y siempre ese elemento real le dificultaba la transición entre el sueño y la realidad. Mientras tanto ella corrió a buscar un lapicero y una hoja para escribir el nombre de aquel libro antes de que se borrase de su memoria. No tenía tiempo de ir a comprarlo, el sol se estaba ocultando lentamente detrás de una nube gris a diferencia de ese sol casi imperceptible pero presente en el atardecer del cuadro de Malfatti.

1 05.06.11

Harue

- Nombre.

- Akira. Akira, Harue.

- Aquí no la llamaremos por su apellido Harue. Los Akira han trabajado para esta familia por generaciones, pero como ahora vivimos en el siglo XXI pretendemos que cada persona que trabaje en esta casa sea tratada como un individuo de cierto modo.

- Gracias señora.

- Ahora, tenemos entendido que usted está en primer año de colegio.

- Si señora. Y pensaba entrar a la universidad a estudiar educación primaria luego de graduarme.

- Perfecto. Usted continuará sus estudios libremente mientras viva en esta casa y no deberá preocuparse por pagarlos. Nosotros pagaremos lo que le queda del colegio y toda su educación universitaria. Eso sí, su horario lectivo de la universidad se lo acomodaremos nosotros para adaptarlo al tiempo que deba pasar con la señorita.

La muchacha bajó su cabeza en señal de profundo agradecimiento. Había tenido que trabajar en tres lugares distintos para poder pagar sus estudios. Su familia no era pobre pero por alguna razón nunca la consideraron una persona. La muchacha de dieciséis años acababa de comprender que la estaban preparando para trabajar en aquella casa. Después de todo, ella era la hija menor de su familia y por siglos el hijo menor de los Akira ha estado destinado a trabajar en la casa de aquella familia. Una tradición medieval que nunca se dejó de cumplir, pero cada vez era menos esclavizante.

Luego de la bizarra introducción, Harue fue guiada a su cuarto. Jamás había tenido un espacio propio tan amplio en toda su vida. Acomodó sus pertenencias felizmente en la décima parte de la habitación, eventualmente llegaría a habituarse a dormir en un lugar diez veces más grande que su antigua habitación. En su felicidad, una misteriosa niña de cabellos naranjas irrumpió en su habitación sin avisar. La criatura de más o menos seis años sólo la observó, bajó la cabeza y salió corriendo. En ese momento Harue llegó a comprender en lo que consistía su trabajo.

Inari y Harue eran inseparables. Para la niña, aquella joven de entonces diecisiete años representaba una fuente de sabiduría y belleza. El cariño y respeto que tenia Inari por ella no se lo había dado nunca nadie. Y nadie había educado a Inari tan bien como lo hacía Harue.

Inari regresaba todas las tardes de la escuela y corría a la puerta trasera a esperar a su maestra. Harue llegaba veinte minutos luego de sus clases, y en esos veinte minutos Inari no hacía más que esperar ansiosamente. No hablaba con nadie, no comía, no jugaba. Solo esperaba a aquella persona que consideraba su única amiga. Harue siempre era bien recibida. Luego, por varias horas, Inari le pedía que le enseñara lo aprendía en el colegio. Como Harue no quería enseñarle logaritmos entonces ella pensaba que estaría bien con materia de cuarto grado, y con esos conocimientos la niña de primero era considerada un genio.

- ¿Harue, le agradaría aprender otro idioma?

- ¿Por qué lo pregunta señora?

- Inari necesita disciplina. Y aquí no lo está logrando. Tal vez si vive sola por un tiempo logre adquirir esos valores. No podemos tener a alguien tan débil en nuestra familia, en especial a alguien como ella.

- Pero no puede vivir sola. Apenas está en primero.

- Por eso le pregunté Harue. ¿Estaría dispuesta a estudiar educación primaria en America?

A Harue se le permitió terminar el colegio en Japón, pero el día después de la graduación fue enviada en un avión con la joven Inari directo a un país que ella no conocía. Harue nunca comprendió el porqué de las riquezas de aquella familia, solo le quedaba bajar la cabeza y agradecer mientras millones de dudas revoloteaban en su cabeza cual mariposas. Evitando morder la mano que la alimentaba, Harue se vio obligada a acostumbrarse a vivir sola con una niña en una casa oriental en medio de occidente.

Luego de varios meses de convivir con aquella niña, Harue se dio cuenta del error que había cometido la madre de la pequeña. En su escuela Inari tenía muchos problemas debido a que su color de pelo era poco convincente. Una de tantas veces que la niña era enviada donde la directora se mandó a llamar a la madre de ésta. En el momento que la joven desaliñada y de oscuros cabellos entró a esa oficina, Inari creyó que se había confundido toda una vida. Harue logró que la pequeña conservara esos cabellos naranjas con blanco cual cola de zorro, pero no logró evitar que la niña la viera como su madre.

Eventualmente su auténtica progenitora llegó a verla. En vez de recibir a una jovencita amorosa recibió a una jovencita fría, en vez de recibir a una jovencita callada recibió a una jovencita feliz, y en vez de recibir a una jovencita que la llamara madre recibió a una niña que cambió su apellido por voluntad propia. Un torrente de ira nadaba por las venas de aquella señora cuando vio un papel con las palabras “Inari Akira” escritas en el.

Inari nunca llegó a comprender porqué Harue desapareció. Su madre le decía que se había ido, pero ella no le creía. Le era imposible creer que aquella muchacha de diecinueve años que parecía quererla tanto la había abandonado que se había ido sin siquiera decir adiós. Aquel día, la sonrisa inocente de Inari moriría y sería remplazada por una katana.

Harue lloraba desde la ventana en un día lluvioso de octubre con una maleta en una mano y una enorme suma de dinero en la otra. Jamás imaginó que aquella niña cambiaría tanto su vida, y que el resentimiento de haber desaparecido de ese modo la atormentaría por varios años más. Ella habría dado todo por haber dejado al menos una carta esa noche.

La muchacha de diecinueve años se acerca a la barra con un corto vestido negro y su pelo en una cola. La joven en la barra la observaba fijamente mientras mezclaba los ingredientes del coctel solicitado por su clienta. Los años habrían pasado, pero su cara conservaba la misma juventud que tenía ese día lluvioso de octubre. Por primera vez en diez años una lágrima se le había escapado en un coctel. La joven de veintinueve años se tragó toda la tristeza de aquellos amargos años y entregó con una sonrisa el bloody mary a su clienta. Harue contenía su remordimiento mientras la muchacha de anaranjados cabellos le agradecía con una sonrisa y le daba su paga, sonreía amargamente sin quitar los ojos de aquella cola de zorro que no había cambiado mucho en diez años.

04.18.11

That awkard moment when you get attacked by a huge pigeon!

tenía que ponerlo…

(via galaxydefenderstayingforever)

d1t   96665 03.31.11

Unmei

運命

- Quiero un perro.

- Quiero pasar mi examen.

- Quiero que él también me quiera.

- Quiero que mis padres dejen de pelear.

- Quiero tener sexo.

- Quiero ser buena en algo.

- Quiero que siempre estemos juntos.

- Quiero que mis amigos nunca me abandonen.

- Quiero saber que piensan las palomas

- Por favor, Inari-sama.

Las voces le daban un dolor de cabeza insoportable. Ya no quería escucharlas, estaba harta. No soportaba escuchar deseos ajenos, ya no quería encargarse más de los deseos ajenos. Ella solo quería cumplir los suyos.

Inari despertó frente al fuego con sus cartas en la mano, aun dormida no dejaba de sacar manos perfectas. Usualmente le divierte mucho ganar y le entretienen aún más las expresiones de las personas cuando pierden, pero hoy andaba distraída.

Ella se levantó del suelo y dejó a sus amigos en la fogata sin darles razones, solo salió a caminar. Hoy no se sentía bien, no se sentía ella misma. Y como un zorro cazando a su presa, ella buscaba rápidamente una solución dentro de sus pensamientos.

Inari no dejaba de escuchar deseos ajenos. Hace mucho tiempo había dejado de cumplir deseos, pero aparentemente no paraba de oírlos. En aquellos tiempos lo hallaba entretenido, amaba cumplir las peticiones de las personas y exigir algo a cambio para mantener el balance. Amaba guiar a las personas por un camino satisfactorio, la alejaba del aburrimiento. Dejó su pasatiempo hace mucho para recuperar su sanidad mental, evidentemente no lo estaba logrando.

Entre más pensaba, más voces escuchaba y más dolor de cabeza le daba. Cada pisada que daba en la arena se sentía como si caminara sobre fuego. Sus pies ardían sin razón alguna, era de noche y la arena jamás se sintió tan caliente. Siempre supo ubicar a los demás, pero no se comprendía a sí misma. Y tan ágil como un zorro ella comenzó a correr con la esperanza de aislarse de su mente, de huir de sus pensamientos.

- Quiero entender lo que me pasa.

- Quiero pasar el semestre.

- Quiero que ella me ponga atención.

- Quiero que dejen de reírse de mí.

- Quiero que mamá no muera.

- Por favor, Inari-sama.

Estaba harta de las voces, no las soportaba. Ella gritaba dentro de su cabeza, pedía ayuda. Pedía ayuda a pesar de que sabía que nadie iba a dársela. “Estoy loca”, se decía. “Estoy soñando”, seguía repitiendo. Las voces ganaban una batalla en su mente, sólo le quedó caer derrotada en la arena mientras era rodeada por una llamarada y varios zorros de desierto. Inari estaba loca, y su propia risa frenética era proyectada como la voz de los animales de fuego que la rodeaban.

Una voz tan fría como la muerte comenzó a resonar en su cabeza y por alguna razón se escuchaba más fuerte que los gritos de las otras voces. Solo hizo falta que dijera una oración para que a Inari le dejara de importar todo, que le dejara de doler la cabeza o que le fuera irrelevante la posibilidad de que estaba soñando. Una sola oración de la fantasmal voz logró darle paz, pero una paz tan temerosa como aquella vivida luego de la Primera Guerra Mundial.

Inari despertó frente a la fogata con cuatro reinas y un as en su mano.

03.12.11

Atardecer

- ¿Sabe que es lo que me hace más feliz de aquí?

- ¿La tranquilidad de la playa?

- Eso se debe a que no hay palomas.

- Solo usted cree…

Luego de tres horas de viaje en un incómodo bus, ambas se encontraban frente a un hermoso atardecer de tonos naranjas. Habrían perdido todo el día pero no les importaba. No eran las últimas en llegar y aún les quedaban tres días en el paraíso libre de deberes y libros de texto.

Nunca fueron muy ubicadas, pero con un mapa lo lograban. Inari estaba acostumbrada a que otros la llevaran donde quisiera mientras que su amiga era de las que dependían de un mapa o GPS. Y el que llevaba las tiendas de campaña venía en un Mini Cooper que aún iba lejos, probablemente su automóvil le había fallado un par de veces en el arenoso camino.

- ¿Inari?

- ¿Sí?

- ¿Por qué no caminamos un rato? La verdad, falta rato para que ellos lleguen. Y va a ser demasiado molesto armar el campamento de noche…

- Sí, caminemos un rato. ¿Pero, y las maletas? Yo no quiero llevar esta cosa por toda la playa.

- ¿Que sugiere?

- Veamos el atardecer mientras dura.

Sentada sobre su valija, Inari dejaba su mirada perdida entre el cielo, el mar y las gaviotas. No era el más lindo de los mares, pero era perfecto para un descanso. Ella disfrutaba dejar su mente vagar entre las olas y las blancas arenas teñidas de anaranjado por el atardecer.

Inari observaba perdidamente un contaminado mar donde vaciaba sus ilusiones y dejaba flotar sus sueños. Llevaba semanas esperando para escapar un rato de la rutina, para dejar que sus ojos y su mente descansasen. Ella ama el mar, no le importa que no sea perfecto, ella ama el mar.

- Quiero ir.

- ¿Ah?

- En el fondo hay una enorme piedra. En la piedra hay una cueva.

- ¿Y qué? ¿Se supone que hay un tesoro de un pirata que pasó por aquí hace trescientos años y por problemas con una prostituta lo persiguieron y terminó huyendo hasta acá para dejar su tesoro en una cueva en un país desconocido que a nadie le importa porque nadie va a encontrar el tesoro?

- Le faltó que ganó todo eso jugando poker.

- ¿Inari, es en serio?

- No sea tonta. No existía el poker entonces.

- ¿Y qué tiene de especial la cueva?

- No sé. ¿Vamos?

Ambas se volvieron a ver como dos niñas a punto de hacer una travesura. Corrieron hasta donde rompían las olas para pedirle su panga a un humilde pescador. El viejo accedió a llevarlas.

Luego de media hora de remar y escuchar las historias del marino, las dos jóvenes llegaron a la misteriosa cueva.

- ¿Entramos?

- Ya que estamos aquí…

La luz del celular de Inari bastaba para que no tropezaran estando en la cueva. Sin saber que podían encontrar o si podrían salir, ambas se lanzaron a lo que sería como una aventura o misterio de películas. Se encontraban felices como niños con juguete nuevo, imaginando que su realidad sería digna de mostrarse en algún cine solo por unos instantes. Se sentían valientes, irreales. En cada paso que daban, sus imaginaciones les proyectaban miles de fantásticas historias que se podían desarrollar en esa cueva.

En cuestión de segundos, Inari dejó caer su teléfono, dejándolas a oscuras por breves minutos. Suficiente tiempo para que se separaran. Inari se hallaba confundida, tenía miedo. Luego de que logró recoger su teléfono y encender la luz, ella no dejaba de gritar el nombre de su amiga. Al carajo los tesoros y fantasías, tenía que encontrarla.

El tiempo ya no existía. Inari no sabía si habían pasado minutos o horas desde que perdió a su amiga. Se hallaba frustrada, desesperada y un tanto psicótica. Uno de esos tantos momentos donde la angustia crece exponencialmente. Y estaba tan concentrada buscando a su compañera que tardó en darse cuenta de que ella no era la única perdida. Inari no comprendía como una cueva era tan grande si la piedra donde estaba era pequeña.

Inari decidió rendirse y se sentó a ver el techo de la cueva, o la oscuridad que lo cubría. Por más que buscara, no la encontraría. La creía desaparecida, tal vez muerta. A la distancia escuchó un grito con una voz familiar. Ella corrió desesperadamente buscando la voz en un lugar donde no podía ver. Eventualmente halló la salida y el hombre de la panga había vuelto a la playa. Inari olvidó a su amiga perdida, dejó de importarle del todo. Impulsivamente saltó al océano y entre fuertes olas y un estrellado cielo se esforzó en llegar a la orilla, maldiciendo al tipo de la panga por acceder en llevarlas a seguir sus aventuras y dejarlas atrapadas en las rocas.

- ¡Inari! ¡Inari!

- ¡Maldito! ¡Regrese! ¡No me deje aquí!

- Ay despiértela por favor.

- ¿Qué? Yo acabo de llegar, no moleste.

- ¡Inari!

Inari despertó en la playa donde empezó viendo el atardecer, el cual ya no estaba ahí. Estaba mojada y sus amigos estaban a su alrededor, riendo. Luego de escuchar que ella gritaba dormida, sus compañeros le tiraron otro balde de agua salada como el que requirieron para despertarla. Ya era tarde, necesitaban armar las tiendas de campaña.

01.22.11

Sospecha

                Veinticuatro de abril. No he dormido desde que hallaron el cuerpo de mi hermano hace tres días. Su muerte, aparte de provocarme tristeza, sólo es otra más que confirma mi teoría. Ellos dicen que estoy loco, que imagino demasiado. Y ahora la pérdida de un familiar les servirá como excusa para seguir hablando de mi estado mental.

                Veinticinco de abril. Hoy finalmente pude dormir, incluso cuando mis familiares sólo me reclamaban a mí. Que yo trabaje para ellos no significa que sepa solucionar todos sus problemas, el sistema no es muy efectivo y nunca lo ha sido. Como a las seis de la tarde me desperté para ir a la oficina y registrar los archivos de casos anteriores. Sigo convencido de que la mayoría de los asesinatos de estos últimos dos meses han sido realizados por la misma persona.

                Veintiséis de abril. Tuve que salir corriendo de la oficina a las tres de la mañana, no podía correr el riesgo de que ellos me vieran ahí. Yo no tengo permiso para ver los archivos, lo cual es algo ilógico para lo que implica mi profesión. Hoy a las once de la mañana encontraron otro cuerpo y al supuesto asesino de ese y de mi hermano. La historia es la misma: un ebrio en busca de dinero y víctimas que se negaron a dárselo. Es demasiado irreal, pero por la naturaleza de muchos es una teoría perfectamente aceptable. Y fácil, muy fácil para ser cierto. Encontraré a ese asesino aunque me cueste la vida.

                Tres de mayo. Después de varios días de investigar hasta el cansancio, mis superiores decidieron despedirme y hoy me dieron el preaviso. “Un detective debe ser de mente abierta para poder considerar todas las posibilidades. Usted no cumple esa característica. Además, su estado mental últimamente no es el adecuado para desempeñar su labor.” Irónico que me digan que soy cerrado. Esto puede dificultar mi investigación, pero no importa.

                Cuatro de mayo. Recopilé todo lo que llevo hasta el momento. El asesino siempre dibuja una marca en equis en el corazón, rebanando cuidadosamente la arteria pulmonar y dañando las que se encuentran alrededor. Es una marca demasiado profunda como para ser hecha por un puñal y demasiado perfecta para ser hecha por un ebrio. Y los archivos son muy detallados. Supongo que el forense que los realizó tiene la misma teoría que yo.

                Cinco de mayo. Hoy fui a hablar con el forense que realizó los análisis de la mayoría de las víctimas. Fue difícil, ya que lo tienen encerrado debido a su condición mental. En efecto, el tiene una teoría similar. Me preocupa que las autoridades estén conspirando con el asesino, más aún cuando las víctimas no son importantes ni tienen alguna relación en particular. De quienes han muerto de ese modo, solo uno de ellos ha sido un político. ¿Qué quiere esa persona? ¿Por qué mata a gente tan irrelevante? ¿Por qué hay gente que da su vida para cubrirlo?

                Ocho de mayo. Llevo tres días comunicándome con el médico, quien dijo que me daría su ayuda incondicional para resolver el caso. Hoy a las cinco de la tarde hallaron otro cuerpo en las mismas condiciones tirado cerca de un río. El experto notó algo muy curioso y no dudó en decírmelo: en la marca halló muestras de sangre de la última víctima. Le pedí que no comunicara ese detalle, sería mejor así. Ya no es una teoría, es un hecho.

                Nueve de mayo. Pasé todo el día analizando detalles sobre los casos. El asesino debió haber usado un arma larga para poder llegar a esa distancia sin dejar ni una sola muestra de su ADN. Sospecho que pudo haber usado una pica o una espada, ya que son las únicas armas que se me ocurren de semejante longitud. Aunque es muy poco probable encontrar algún piquero o espadachín muy hábil en este país. Y uno tan influyente como para hacer que otros se entreguen en su lugar. Es inteligente y meticuloso, pero su rutina es lo que lo arruina.

                Once de mayo. Hoy un joven se me acerco preguntándome por qué estaba tan triste. Le comenté que trabajo para la policía pero que la fecha de mi despido se acerca. El me comentó de una muchacha que concedía deseos. Le dije que no creía en esas cosas, pero le agradecí por el gesto. Fui a mi casa a dormir lo que quedaba del día.

                Trece de mayo. Hoy me topé al joven de hace dos días de nuevo. Me dio mi diario, dijo que yo lo había dejado tirado en la farmacia ayer y que él reconoció que era mío y se esforzó en devolvérmelo. Se disculpó por haberlo leído y dijo que admiraba mi trabajo y le parecía injusto que me despidieran por ignorantes. Eso me hizo el día, es bueno saber que alguien más me apoya. Le agradecí al muchacho invitándolo a un helado. Hoy también decidí descansar.

                Catorce de mayo. Atacaron a papá. Pensé que estaría bien escribir aquí eso, ya que eso es lo que él habría querido. Hoy se fue sin el cuadernito en el que siempre escribe y me preocupé, entonces fui a dejárselo a su oficina y me dijeron que él no había llegado. Le dije al señor policía que me acompañara a buscarlo, yo se que papá nunca llega tarde a la oficina. El señor me acompaño una cuadra y ahí lo llamaron. Le costó decirme que habían encontrado el cuerpo de mi papá cerca del puente. Me pidió que fuera a casa, el me avisaría si pasa algo. Espero que papi logre estar bien, el es una buena persona. El no puede morir.

                Quince de mayo. Hoy fue su funeral. Estoy muy triste y por eso escribo. No me esforzaré tanto como papá en hallar al asesino, pero creo que eso estaría bien. O tal vez guardar este diario para recordarlo, si se lo doy a mama ella me diría algo por haberlo rayado. Pero ya que porque escribí en lapicero y lo que pienso lo voy escribiendo. Sí, creo que lo guardaré.

- Qué buena historia. Un toque lenta pero como tiene los días anotados no se nota tanto.

- Inari, no es ficción. Es cierto.

- No le creo. Simplemente no es posible.

- Que yo sepa, mi prima no es ninguna loca. No es como que haya imaginado todo eso.

- Pero, ese año y el siguiente se cometieron más o menos doscientos asesinatos. Y todos en ríos y así. Me suena demasiado a ficción.

- Ay no se Inari, yo solo le digo que yo les creo a mi prima y a mi tío.

- Ok. Yo voy por comida. ¿Le traigo algo?

- Traiga jamón y queso y hacemos sándwiches.

- Bueno. Gracias por la lectura.

- Con gusto.

                Inari se retiro de la casa con una cara de frustración. Hace varios años ella creyó que se había deshecho de aquel diario. Aparentemente es imposible borrar todas las pruebas de su pasado.

01.07.11

Deseos

- ¿Que hace?

- Origami. ¿No es obvio?

- Pero usted odia a las palomas. ¿Para que las hace en papel?

- No son palomas, son grullas.

- Es lo mismo, son pájaros.

- Pero las grullas no estorban en la ventana.

- Las palomas tampoco.

- Las palomas cagan. Y cagan demasiado.

- Exagerada. Usted también caga, no se ande quejando.

- Sí, pero no en las ventanas ajenas.

Las grullas son consideradas símbolos de sabiduría y felicidad. Se dice que al doblar mil de estos pájaros de papel, una por cada año de su vida, se le cumple un deseo a la persona. A pesar de su eterno odio a las palomas (y a las aves en general), Inari conserva miles de estas aves en un baúl antiguo cerca de su ventana. Es probable que ese baúl guarde lo último que queda de su cultura y esperanza.

Escéptica desde que tiene memoria, Inari no tiene muchas ilusiones desde su infancia. Está habituada a la desilusión y el desengaño a pesar de que se crió en un ambiente lleno de misticismo y supersticiones. Ella nunca pidió deseos al cielo, era incapaz de ello. Ella ocultó sus anhelos, sabía que ni monedas ni grullas se los iban a cumplir. Pero eso no dejaba de decepcionarla.

Por mucho tiempo ella se esforzó en cumplirles deseos a otros. No era una diosa como su nombre dice, pero su falsa generosidad lograba distraerla. Hacerla olvidar por ratos sus propias ambiciones no tan inalcanzables. No le costaba cumplir deseos, incluso llegó a creerse dios a ratos. Con el tiempo lo que comenzó como un juego terminó siendo una enfermiza obsesión.

Empezó cuando alguien de un grado mayor que ella la retó a resolver una tarea particularmente difícil. Al poder hacerla sin muchas dificultades, las personas comenzaron a pedirle toda clase de ayudas, desde tareas escolares hasta en negocios. Con el tiempo su fama fue creciendo y los pedidos eran cada vez más complejos. Y por más improbables y laboriosos que fuesen ella los realizaba sin mayores complicaciones.

Como en los templos shinto se da una contribución antes de pedir algo, Inari comenzó a cobrar sus ayudas. Primero algo modesto, como una propina. Luego costos equivalentes. Creyéndose dios, ella no podía aceptar menos de lo que merecía, pero igual no sentía que debía exigir más del costo de la acción. Y siempre siendo versátil y haciendo uso de sus múltiples talentos para realizar una amplia gama de favores (siempre y cuando no se sintiera ofendida por ello, ella no aceptaba la solicitud de cualquiera).

Siendo hábil en el manejo de la espada, Inari eliminaba vidas por un costo desde temprana edad. Siendo adolescente, su única queja era limpiar y ocultar la sangre de su espada. Ella no temía acabar vidas por un pago ni deshacerse de quienes se negaran a pagar la cuota. Ella se creía una deidad, no había quien tuviera el derecho de irrespetarla de esa forma. Y su ego seguía aumentando ya que nunca fue descubierta. Era muy hábil, a veces usaba la excusa del pago de un favor para enviar al deudor a entregarse en su lugar.

Como buena persona orgullosa, Inari siempre llevó una especie de registro de sus hazañas. Cada vez que cumplía un deseo, ella doblaba una grulla de papel. Desde que era niña y empezó sus caridades, ella guardaba las aves en un viejo baúl de madera con decoraciones orientales que ha estado en su familia por generaciones. Para cuando iba terminando su adolescencia, el baúl estaba lleno de pájaros comprimidos y hasta la fecha logra hacer que quepan más. A ella siempre le ha gustado el origami, pero solo las grullas que representaban favores podían entrar en el baúl. Las que doblaba sin motivo alguno las quemaba, el único propósito del baúl era como registro de deseos cumplidos.

- Inari, una pregunta.

- Pregunte.

- ¿Porqué usted piensa tanto cuando hace esas grullas? ¿Tan difícil es?

- No realmente.

- ¿Entonces?

- Tienen su historia y su motivo, es imposible no ponerse a pensar mientras. Aunque ya no hago tantas como antes.

- ¿Y por qué guarda tantas en el baúl?

- ¿Cómo sabe que las guardo ahí?

- Usted es mi mejor amiga y también vive en mi apartamento de gratis. Es imposible no notarlo.

- Ah…

- ¿Acaso quiere cumplir un deseo? ¿Ya tiene mil o algo así?

- Más de eso probablemente.

- ¿Y ya pidió deseo entonces?

- No.

- ¿Por qué?

- Estoy segura de que a mí nadie me cumpliría un deseo.

01.05.11