Basado en la novela El Hablador del escritor Mario Vargas Llosa
Con este cuento logré ganar un viaje a España *anuncio innecesario, pero feliz para mi*
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Ella dejó de otear por un segundo. Dejó de mirar el mundo desde el cielo por un segundo y se concentró en su compañero de asiento. Por un solo segundo a la joven de cabellos naranjas le pareció más interesante el hombre que se sentaba a su lado que ver el mundo desde arriba. Y ese segundo fue suficiente.
Ella siempre fue muy curiosa. Inari era una ebria en una perpetua resaca con su sed insoportable de conocimiento. Amaba leer o escuchar sobre cosas nuevas y no le importaba estresar extraños y aquel anciano no se salvaría de su infantil curiosidad. Ella aspiraba a ser el Sócrates de los tiempos modernos.
- Disculpe, ¿puedo saber su nombre?
- ¿Ah?
- Por alguna razón usted me pareció alguien interesante, alguien diferente a toda esta gente que finge leer libros de negocios que se sientan aquí.
- ¿Como sabe que no soy uno de esos?
- No sé. Podría llamarlo instinto. Usted tiene un aura distinta a la de esta gente. ¿Adiviné?
- No falló. Mi nombre es Saúl Zuratas. ¿El suyo?
- Akira Inari. Akira siendo mi apellido, mucho gusto.
En esa sección del aeroplano aislada por cortinas del resto de la humanidad, aquella sección donde los aristócratas del siglo XXI acostumbraban a viajar, ahí empezó una extraña conversación entre ambos pelirrojos. Distintivos tanto en el color de su pelo como con su apariencia descuidada, Inari y ese hombre eran como una fogata encendida en medio de un bosque silencioso y gris.
Aquel hombre buscaba ocultar su sonrisa para no crearle una impresión errónea a la joven. Llevaba años sin dejar Perú y de aparentar normalidad. Sus setenta y cinco años se le marcaban bastante en su lunar y sus pecas se combinaban con arrugas. Pero había algo en esa muchacha de la tierra del sol naciente que lo hacía recordar sus tiempos universitarios, aquellos tiempos en los que aún no había abandonado la sociedad.
- ¿Y que característica en particular le hizo pensar que soy diferente? ¿Es el lunar, cierto?
- No, no es el lunar. Es por su aura, es más mística, diferente. ¿Me entiende?
- Creo que alguien normal la creería loca, pero usted no ha dicho nada errado en todo este tiempo. ¿Alguna otra especulación que quiera hacer?
- No sé. Usted me recuerda a una fotografía de Gabriele Malfatti que encontré una vez en internet. Eran varios hombres y mujeres indígenas, machiguengas si no me equivoco, sentados en círculo, observando a una silueta humana en el medio del círculo, la cual parecía contar una historia. Usted me recuerda a esa silueta.
Inari rió suavemente mientras el anciano la observaba perplejo. Antes de aislarse de la sofocante sociedad actual nadie nunca le había mencionado el nombre de esa tribu. Antes de abandonar a las personas a las que tanto hartó con sus historias de la tribu, antes de dejar de lado cualquier utilidad que su título pudiese tener. No comprendía porqué esa joven podía adivinar tanto de él y temía que pudiese leerlo como un libro. Solo deseaba que fuera un libro como el Quijote y no como los “Cuentos de mi tía Panchita”.
- Usted tiene un don señorita. Verdaderamente un don.
- ¿Entonces usted si es un hablador?
- Podría decirse. He vivido con ellos gran parte de mi vida.
- Siento que lo he molestado mucho pero, ¿podría contarme una historia? Las historias de culturas antiguas me parecen fascinantes.
- Yo nunca me molesto tranquila. Más bien, gracias.
- ¿Porqué me agradece?
- Me siento como en mi época universitaria. Yo solía tener un amigo quien siempre escuchaba mis historias de ellos. Aveces se cansaba pero siempre se veía interesado o trataba de hacerme enojar. Ahora es un escritor famoso pero eso es otra historia. En fin…
El hombre lentamente transportaba a Inari a una selva lejana a través de sus palabras. El seco aire acondicionado del avión comenzaba a sentirse húmedo y pesado y los asientos azules llenos de personas dormidas se tornaban verdes como las hojas de los árboles. Cada palabra que ese hombre pronunciaba era una pincelada más en el universo que se dibujaba en la cabeza de Inari. Y en aquel universo siempre era de día.
Cada paso que ella daba era un calvario. No tenía fuerzas para llevar a cabo sus ilusiones y no existía ningún punto alto en la montaña donde refugiarse, aquella montaña no era suya. Ni siquiera tenía a la luna a quien observar perdidamente y descifrar sus historias. En aquella selva amazónica, aquel zorro rojo con alma de mujer estaba condenado a vagar sin rumbo por una tierra bañada por el sol.
Distinto a los aguará guazú que podrían rondar en el continente, aquel zorro rojo extranjero caminaba desorientado por una jungla que nunca sería suya. Ella caminaba por días y días esperando ansiosamente una noche, soñando con poder tapar aquella molesta esfera de calor y vida al menos unos minutos.
- ¿Entonces él transcribió sus historias?
- No solo eso, las hizo hermosas. Es como si él hubiese tomado mis palabras, las hubiese tirado a la basura y las hubiera reconstruido. El escribió algo poético, algo hermoso, pero conserva la esencia de mis palabras. Habría deseado encontrar su libro antes.
- Al menos lo encontró, supongo eso está bien. ¿Como se llama el libro?
- El Hablador.
Entonces su corazón se llenó de una ligera esperanza. Mientras caminaba buscando refugio o un poco de oscuridad para poder dormir, aquel zorro halló a un grupo de personas. Aquellos hombres de ojos grandes y alargados, de piel morena como la yuca que abundaba en esas tierras, esos caminantes sin camino que parecían sentirse agradecidos por la existencia del sol. Y la figura que los guiaba le pareció más curiosa, a pesar de ser físicamente igual a ellos tenía un aura distinta. Aquel zorro, guiado por su curiosidad, siguió a ese grupo de hombres desconocidos en su travesía por la selva eternamente bañada por el sol.
Ese zorro aprendió a no cansarse y aprendió a no morir. Ella esperaba pacientemente detrás de los enormes arbustos a que los indígenas prepararan la comida y de ahí procedía a robarla. Su instinto de caza la tentaba a buscar presas mayores, ella se hartaba de la yuca machucada y los plátanos que los indígenas comían. Pero otra parte de su ser le insistía que debía quedarse ahí, no debía alejarse de esos humanos. Ella no era del todo animal, su parte humana extrañaba expresarse por medio de palabras. Pero ella sabía que debía esperar, y esperaría a la luna todos los días de su vida si fuese necesario.
- ¿Porqué caminaban aquellos hombres?
- Creían que el sol caía. Pensaban que había tenido una disputa con Kashiri, la luna, y que por ello se debilitaba. Y el sol les daba pureza y los alejaba de la muerte, entonces necesitaban buscarlo.
Para ellos la vida no podía ser siempre próspera, como existían tiempos buenos debían haber tiempos malos. Así lo mencionó José cuando comprendió el mensaje del sueño que tuvo ese faraón egipcio. Para ese pueblo las siete vacas gordas ya habían vivido con el sol, ahora debían vivir la era de las siete vacas flacas.
El zorro los observaba de lejos mientras aquellas personas dejaban atrás sus posesiones. Ella veía a esas personas dejar sus sembradíos y sus casas atrás para seguir marchando. Y en un punto donde los indígenas se apuraban a construir barcas para cruzar un río, ella comprendió el rumbo que seguían. No solo seguían al sol, huían de la luna. Ahí supo que su destino era quedarse con ellos, en algún momento sus fuerzas no les darían para seguir huyendo y la luna llegaría a ellos. Y en el momento que ya no tuvieran fuerzas para seguir, ella recuperaría las suyas.
- ¿Por qué le temían tanto a la luna?
- No querían morir. Bajo el sol la muerte no era la muerte, si no que era un viaje donde había regreso. Era como dormir, la muerte era solamente un sueño y cuando despertaban tenían energías. Bajo las leyes de Kashiri, los espíritus se perdían y no podían realizar el viaje de vuelta, nadie sabía que les esperaba después de la muerte.
Las aguas del Gran Pongo parecían materializar su miedo. Muchas veces, los hombres bronceados se sentaban en círculos a escuchar a aquella figura que se proclamaba a sí misma como Tasurinchi. Ese hombre que los guiaba por rutas sin aparente sentido les contaba historias de unos demonios llamados kamagarinis que servían a un tal Kientibakori. El decía que las aguas eran terreno de éste, por ello se apuraban a construir las barcas. Querían alejarse de esas aguas malditas tan rápido como pudiesen.
Ella temía ser confundida con un kamagarini. En otro hemisferio ella sería bien recibida y la palabra demonio sería lo último que pasaría por la mente de aquellos que la vieran. Pero en esas tierras bañadas por el sol, ella no podía hacer más que observar a los humanos de lejos mientras trataba de borrar aquella nostalgia de su mente. Extrañaba las palabras, extrañaba que de su boca pudiesen salir canciones y no ladridos. Pero como buen zorro decidió cruzar el río nadando, si los indígenas la creerían demonio entonces no se atreverían a tocarla en su supuesto terreno. Luego de cruzar aquellas aguas podría volver a su habitual escondite detrás de los arbustos, pero sería menor la cantidad de indígenas de la que tendría que esconderse.
Tras varios días de andar en el sol, aquel zorro aprendió a dormir de día. El cansancio era insoportable y ya los rayos de luz no podían mantener abiertos sus párpados. Ella no comprendía porqué esos indígenas no dormían, no entendía como podían huirle eternamente a la luna. Pero una noche de truenos y tormenta, ella supo que por fin su amada noche llegaría.
- “Quien verdaderamente necesita ayuda no es el sol. Sino Kashiri, la luna, que es el padre del sol”
- ¿Pero cómo no se dieron cuenta que ese hombre era un kamagarini y no una persona? ¿No se supone que ya ellos sabían bastante?
- Pero se dejaron engañar esa vez, joven Inari. La luna es sinónimo de engaños y demonios, es sinónimo de tinieblas. Aquel hombre llegó con sus cuentos y logró hacer que sus palabras fueran consideradas verdades. Casi los destruyó, estuvo a punto. Pero luego aprendieron que los diablillos siempre vienen en noches de tormenta.
Los hombres, guiados por las palabras de aquel diablillo disfrazado, comenzaron a cambiar su rutina. Ya no cazaban ni sembraban yucas de día. Aquellos indígenas, como el zorro, empezaron a acostumbrar sus ojos al sueño diurno y a ver en la noche como lechuzas. Y en el instante que durmieron de día, el sol desapareció del cielo y fue reemplazado por la luna. Y ese zorro fue feliz.
Conforme pasaban las lunas, esas personas perdían cada vez más su identidad y sus costumbres. Ya no andaban sin rumbo buscando al cegador sol si no que le huían. Ya los rayos solares no representan vida si no molestias que les provocaban ardor en la piel. Y aquel zorro era feliz, porque de noche era capaz de articular palabras. Bajo la luna, aquel zorro tenía voz de mujer.
Una noche ese zorro observó algo poco común. Ese aldeano que fumaba tabaco para alcanzar a los espíritus, ese que hablaba con tigres y traducía su lenguaje en un hueso, empezó a perder su figura humana y convertirse en ese animal al que solía traducir. Ese hombre dejó de pronunciar palabras y solo emitía rugidos. Aquel chamán confundido se vio obligado a abandonar su hogar en las sombras, ahí se topó con ella.
En la mayoría de las historias los humanos siempre hablan un idioma distinto a los animales. Que importa si son maullidos, rugidos o cacareos; en la mayoría de las historias los animales se comprenden entre ellos. Esta no llegaría a ser la excepción. Aquel zorro dejó el lenguaje humano por un momento para entender a ese tigre confundido que recientemente había perdido su humanidad. Tal vez lograba salvarlo, y así lograría salvarse a si misma. Ella estaba convencida de que no nació siendo un zorro rojo de la tierra del sol naciente.
El tigre amazónico se presentó amable ante ella. A pesar de sus poderes sobrenaturales producto del tabaco, el estaba consciente de que su sabiduría no bastaba para comprender la situación de ambos. El tigre le dijo que buscara un hueso con marcas ancestrales tirado en algún lugar cerca de la hoguera y que lo llevara al que se hacía llamar Tasurinchi. Le dijo que ese hombre comprendería su naturaleza no demoniaca al presentarle el hueso. El zorro bajó la cabeza y corrió a buscar el artefacto, sabía que la cantidad de tabaco en las venas de ese chamán lo llevarían pronto a la muerte. A diferencia de los indígenas, ella sabía que luego de llegar al mundo espiritual no morían porque su alma los abandonaba si no que morían de cáncer.
Ella caminó unas cuantas noches sintiéndose “la elegida” en busca de aquel hombre que le devolvería su humanidad. No estaba tan perdida, ella lo había visto antes. Si su memoria no la traicionaba, Tasurinchi había sido aquel que guió a los indígenas en su viaje sin rumbo bajo el sol.
- ¿Tasurinchi también inhalaba demasiado tabaco?
- ¿Por qué lo pregunta?
- Si el chamán era un sabio y obtenía la sabiduría al estar alucinando por culpa del tabaco y reconocía a Tasurinchi como alguien aún más sabio entonces creo que Tasurinchi fumaba más tabaco, o tabaco con alguna otra planta amazónica que lo hiciera enviajarse aún más.
El hombre del avión se quedó en silencio unos minutos. Inari le hizo un ademán indicándole que podía continuar con su historia. El aire acondicionado hacía que sus párpados y los del hombre al que llamaban mascarita se fueran cerrando. El estaba muy viejo y ella simplemente cansada de viajar, haber estado una hora despiertos y saber que faltaban otras cinco no era algo muy reconfortante. Aquel hombre continuó su historia en un tono somnoliento e Inari no le quitó los ojos de encima hasta que ambos cayeron dormidos, en un aeroplano gris lleno de gente que ya fue llevada por Morfeo.
En el subconsciente de Inari, su ánima se hallaba atrapada dentro del cuerpo de un zorro. Pudiendo hablar solo de noche, Inari logró hallar al hombre al que conocían como Tasurinchi y dejó el hueso con las escrituras en el suelo. Este comprendió de inmediato y le pidió que hablara, sabía que no era un kamagarini que robó el alma de un indígena. Aquel sabio encendió un quemador de tabaco, puso una sábana tejida en el piso y le hizo un ademán al zorro para que se sentara.
Tasurinchi le habló de Kientibatori y sus esfuerzos por destruir al pueblo de los machiguengas, le contó que ellos perseguían al sol porque bajo las leyes de Kashiri, la luna, los kamagarinis podían atacar a las almas y quitarles la humanidad a los cuerpos, por eso se convertían en animales. Inari solo asentía con la cabeza, ella sabía que no era ningún demonio y el sabio nunca resolvió su duda con respecto a la desaparición del sol.
Inari bajó su cabeza y se retiró de aquella casa de paja impregnada en tabaco y yuca. Solo le quedaba pedirle a Kashiri, la luna, que le devolviera su humanidad como le devolvió su voz. Y luego de varias noches solo escuchaba su nombre, y la voz que la llamaba se tornaba cada vez más grave y opaca, como la de un anciano. Abrió los ojos lentamente para observar la imagen borrosa de un aeroplano con las luces encendidas y gente tan confundida como ella. Los hombres y mujeres de negocio dejaron su trance inducido por los libros o el sueño y trataron de volver en sí, el avión había llegado a su destino y debían recoger sus cosas. Pero Inari no podía ver la imagen clara todavía, y tampoco dejaba de escuchar su nombre. Los labios del anciano estaban cerrados pero la voz que escuchaba no lograba callarse. Cerró los ojos otra vez y sintió como sus cabellos anaranjados con punta blanca le rozaban la frente y como la voz del anciano se convertía en una voz femenina que conocía demasiado bien. Estaba volviendo a lo mismo, todo había sido un sueño.
- ¡Inari! ¡Inari!
- ¿Ah?
- Deje de dormir y quite su ropa de la ventana. Va a llover y hay demasiadas palomas afuera apuntando felizmente a sus camisas rojas.
- ¿En qué momento volví de Perú?
- Inari, no podemos seguir en ésto. Usted tiene que aprender a diferenciar sus sueños de la realidad.
- Pero…
- Si si, era muy real. Ay Inari, usted no tiene remedio. Acuérdese que ya no tiene que secar la ropa en la ventana porque estamos en invierno, póngala a secar en el pasillo frente al ventilador.
Inari se levantó desorientada de su sillón. Le importaba muy poco el cinismo de su amiga, ella estaba convencida de que algo de su sueño debía ser real. Y siempre ese elemento real le dificultaba la transición entre el sueño y la realidad. Mientras tanto ella corrió a buscar un lapicero y una hoja para escribir el nombre de aquel libro antes de que se borrase de su memoria. No tenía tiempo de ir a comprarlo, el sol se estaba ocultando lentamente detrás de una nube gris a diferencia de ese sol casi imperceptible pero presente en el atardecer del cuadro de Malfatti.